viernes, 19 de enero de 2018

A Los Ancianos Picaros



Vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín. Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jelcías, de gran belleza y fiel a Dios, pues sus padres eran justos y la habían educado conforme a la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un espacioso jardín junto a su casa. Como era el más ilustre de los judíos, todos ellos se reunían allí. Aquel año habían sido designados jueces de entre el pueblo dos viejos de esos de quienes dice el Señor: “Los ancianos y los jueces que se hacen pasar por guías del pueblo han traído la iniquidad a Babilonia”. Frecuentaban estos dos viejos la casa de Joaquín y todos los que tenían algún litigio que resolver acudían a ellos. 

Al mediodía, cuando la gente se había ido, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos viejos la veían entrar y pasear todos los días, y comenzaron a desearla con pasión. Su mente se pervirtió y se olvidaron de Dios y de sus justos juicios.

Un día, mientras ellos estaban al acecho en busca de la ocasión oportuna, entró Susana, como de costumbre, acompañada solamente por dos doncellas, y quiso bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie más que los dos viejos, que estaban escondidos observando. Susana dijo a sus doncellas:
-       Traedme aceite y perfumes, y cerrad las puertas del jardín, para que pueda bañarme.

Ellas lo hicieron así; cerraron las puertas del jardín y salieron por la puerta de atrás para traer lo que les había encargado, sin ver a los dos viejos que estaban escondidos en el jardín. En cuanto salieron las doncellas, los dos viejos se levantaron, fueron corriendo adonde estaba Susana, y le dijeron:
-       Mira, las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve. Nosotros te deseamos; consiente, pues, y deja que nos acostemos contigo. De lo contrario daremos testimonio contra ti, diciendo que un joven estaba contigo y que por eso mandaste fuera a las doncellas.

Susana lanzó un gemido y dijo:
-       No tengo escapatoria. Si consiento, me espera la muerte; si me resisto, tampoco escaparé de vuestras manos. Pero prefiero caer en vuestras manos sin hacer el mal, a pecar delante del Señor.

Así que Susana gritó con todas sus fuerzas, pero también los dos viejos se pusieron a gritar contra Susana, y uno de ellos corrió a abrir la puerta del jardín. Al oír gritos en el jardín, la servidumbre entró corriendo por la puerta de atrás para ver lo que ocurría. Cuando oyeron lo que contaban los dos viejos, los criados se llenaron de vergüenza, porque jamás se había dicho de Susana una cosa semejante. Al día siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, vinieron también los dos viejos con el criminal propósito de condenarla a muerte. Y dijeron ante el pueblo:
-       Mandad a buscar a Susana, hija de Jelcías, la mujer de Joaquín.

Fueron a buscarla, y ella vino con sus padres, sus hijos y todos sus parientes. Los familiares de Susana y todos cuantos la veían lloraban a lágrima viva. Entonces los dos viejos, de pie en medio de la asamblea, pusieron sus manos sobre la cabeza de Susana. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón estaba lleno de confianza en el Señor. Los viejos dijeron:
-       Estábamos nosotros dos solos en el jardín cuando entró ésta con dos doncellas, cerró las puertas del jardín y mandó irse a las doncellas. Luego se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver la infamia, corrimos hacia ellos y los sorprendimos juntos; a él no pudimos sujetarlo, porque era más fuerte que nosotros y, abriendo la puerta, se escapó; pero a ésta sí la agarramos y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. De todo esto somos testigos.

La asamblea los creyó porque eran ancianos y jueces del pueblo y Susana fue condenada a muerte.
Pero ella gritó con todas sus fuerzas:
-       Oh Dios eterno, que conoces lo que está oculto y sabes todas las cosas antes que sucedan; tú sabes que éstos han dado falso testimonio contra mí; y ahora yo voy a morir sin haber hecho nada de lo que la maldad de éstos ha inventado contra mí.

El Señor escuchó la súplica de Susana, y cuando la llevaban a la muerte Dios despertó el santo espíritu de un jovencito llamado Daniel, el cual se puso a gritar:
-       ¡Yo soy inocente de la sangre de esta mujer!

Todo el pueblo se volvió hacia él y dijo:
-       ¿Qué has querido decir con eso?

El, poniéndose en medio de ellos, dijo:
-       ¿Tan necios sois, israelitas, que sin examinar la cuestión y sin investigar a fondo la verdad, habéis condenado a una hija de Israel? Volved al lugar del juicio, porque éstos han dado falso testimonio contra ella.

Todo el pueblo volvió de prisa, y los ancianos dijeron a Daniel:
-       Ven, toma asiento en medio de nosotros e infórmanos, ya que Dios te ha dado la madurez de un anciano.

Daniel les dijo:
-       Separadlos el uno del otro, que quiero interrogarlos.

Una vez separados, llamó a uno y le dijo:
-       Viejo en años y en maldad: ahora vas a recibir el castigo por los pecados que cometiste en el pasado, cuando dictabas sentencias injustas condenando a los inocentes y dejando libres a los culpables, siendo así que el Señor ha dicho: “No condenarás a muerte al inocente y al que no tiene culpa”. Si de verdad la viste, dinos bajo qué árbol los viste juntos.

El viejo respondió:
-       Bajo una acacia.

Replicó Daniel:
-       Tu propia mentira te va a acarrear la perdición, porque el ángel de Dios ha recibido ya la orden divina de partirte por medio.

Después hizo que se marchara, mandó traer al otro y le dijo:
-       Esto es lo que hacíais con las hijas de Israel y ellas, por miedo, se os entregaban. Pero una hija de Judá no se ha sometido a tu maldad. Dinos, ¿bajo qué árbol los sorprendiste juntos?

Respondió el viejo:
-       Bajo una encina.

Daniel replicó:
-       También a ti tu propia mentira te acarreará la perdición, porque el ángel del Señor está ya esperando, espada en mano, para partirte por medio. Y así acabará con vosotros.

Entonces toda la asamblea prorrumpió en grandes voces bendiciendo a Dios que salva a los que esperan en él. Se volvieron contra los dos viejos, a quienes por propia confesión Daniel había declarado culpables de dar falso testimonio, y les aplicaron el mismo castigo que ellos habían tramado para su prójimo. De acuerdo con la ley de Moisés fueron ejecutados, y así aquel día se salvó una vida inocente.

Daniel 13:1…9, 15…17, 19…30, 33…62

sábado, 13 de enero de 2018

Eso Solo Lo Tienen Los Viejos (*)



Finalizamos esta serie con un cuento birmano titulado: “El viajero y los cuatro jóvenes” 

Existieron cuatro hombres jóvenes que pasaron su tiempo creando la mayor parte de cuentos inverosímiles e increíbles. Un día vieron a un anciano que estaba viajando de una ciudad a otra y se había detenido en su pueblo para descansar y comer.

Las ropas del viejo eran bastante caras y al verlas, los jóvenes pronto se llenaron de envidia. Decidieron tramar un plan que les permitiese tomar la ropa del viejo por su cuenta y pronto se les ocurrió una idea maravillosa lo desafiarían a un concurso. Cada uno diría un cuento improbable y si alguien dudaba de la verdad de cualquier historia, ese hombre se convertiría en el esclavo del narrador.

Se acercaron al viejo viajero, se lo propusieron y cuando les escuchó su propuesta, el viajero estuvo de acuerdo. Terminó su comida y se dispuso a escuchar a cada joven mientras tomaba su turno tejiendo su elaborada mentira. De hecho, todos en la tienda se detuvieron y escucharon y se preguntaron quien ganaría este concurso.  

El primer joven comenzó:
- "Antes de que naciera, mi madre le pidió a mi padre recogerle algunas ciruelas del árbol en frente de su casa. Mi padre respondió que el árbol era demasiado alto y demasiado peligroso para escalar. Mi madre pidió el mismo favor a mis hermanos y hermanas y le dieron la misma respuesta. Yo estaba tan molesto de ver a mi madre decepcionada y hambrienta de esas ciruelas que trepé al árbol y recogí las ciruelas cuando nadie miraba. Las puse en la mesa cerca de donde descansaba mi madre y ella las vio, comió y estaba contenta".

Los cuatro jóvenes miraron al viejo viajero para ver si protestaba o expresaba su incredulidad, pero él simplemente asintió con la cabeza en silencio como si la historia fuera verdad.

El segundo joven comenzó:
- "Cuando tenía solo una semana de nacido me di un paseo a través del bosque. Mientras caminaba sentí mucha hambre y encontré un árbol de coco. Subí en el árbol de coco y de él comí y bebí hasta que estaba tan lleno y soñoliento que no pude bajar. Así que volví a la aldea y tomé prestada una escalera, que llevé al árbol, la apoye contra su tronco y baje. Si no hubiera usado esa escalera, todavía estaría arriba en ese árbol de coco".  

Todos miraron al anciano, pero nuevamente él simplemente asintió con la cabeza.

El tercer joven comenzó:
- "Cuando tenía un año, estaba caminando entre las hierbas altas a las orillas del pueblo cuando vi un conejo. Perseguí a la criatura hasta que la atrapé, solo para descubrir que no era un conejo, sino un tigre, un tigre muy hambriento. La bestia rugió y abrió su boca para comerme. Traté de explicarle que pensé que era un conejo y que nunca perseguiría a un tigre, pero esto solo lo enfureció aún más. Abrió sus grandes mandíbulas para morderme, pero me agarré con él y lo partí en dos y seguir mi camino, todavía buscando un conejo".

El viejo asintió con la cabeza en acuerdo.

El cuarto y último joven comenzó su historia:
- "El año pasado fui a pescar a un lago cercano. Pescaba toda la mañana, pero no pesqué nada. Le pregunté a otros que estaban pescando allí, pero ninguno de ellos capturó nada tampoco. Decidí encontrar la causa de este problema y me zambullí al costado del bote en el agua. Nadé durante unos tres días hasta que llegué al final. Allí encontré un pez enorme tan grande como una montaña, comiendo cada pez que pasaba por su boca enorme. Maté al monstruo con un golpe de mi puño. Entonces me di cuenta de que tenía hambre, así que encendí un fuego, ase la enorme bestia y me la comí toda. Después de una siesta flote a la superficie y me fui a casa".  

Una vez más, el viejo viajero solo asintió con la cabeza en acuerdo.

Ahora era el turno del anciano quien dijo:
- "En mi granja tengo un árbol frutal que es diferente de cualquier otro árbol en el mundo. No tiene hojas, pero tiene cuatro ramas. Hace años, al final de cada rama, crecía una sola fruta. Cuando la fruta estaba madura, la recogí y cuando corté de cada pieza, un joven saltó fuera. Como venían del árbol de mi propiedad, estos hombres eran legalmente míos. Los puse a trabajar en mi granja, pero fueron muy vagos. Lo único que querían hacer todo el día era sentarse e inventar historias fantásticas. Después de unas cuantas semanas, los cuatro hombres escaparon y desde entonces he estado viajando por todas partes buscándolos. Ahora, aquí en esta tienda, los he encontrado. Sabes muy bien que eres mis sirvientes fugitivos. Ahora, vuelvan conmigo y no me causen más problemas".

Los cuatro jóvenes embusteros no pudieron decir una palabra. Estaban en una desesperada posición. Si declaraban que su historia era cierta, admitían que eran los sirvientes fugitivos. Si dijeran que la historia era falsa, perderían el concurso y se convertirían en sus esclavos de todos modos. Ellos agacharon la cabeza en silencio.

Los aldeanos que estaban mirando sonreían ante su dilema. Finalmente, la cabeza del pueblo declaró al viajero como el ganador.

El anciano se volvió hacia los cuatro jóvenes sinvergüenzas y dijo:
- "Ahora están en mi poder”

   Levítico 19:32 “Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y de tu Dios tendrás temor. Yo Jehová”

Hay personas en el mundo y aun dentro de las iglesias que desprecian a las personas mayores o los viejos. Algunos los tratan de gente anticuada y pasada de moda quienes nada saben de la realidad moderna que nos rodea.  Pero qué lejos están de la verdad. 

Dice la Biblia que: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará: y nada hay nuevo debajo del sol” Eclesiastés 1:9

Desde mi temprana edad he sentido admiración y respeto por las personas mayores. Mi padre fue un hombre viejo que ha igual que mi madre y mi suegra no perdían oportunidad para darme un buen consejo muchos de los cuales todavía los recuerdo.  Por ello parte de mi trabajo es para los viejos, tengo amigos ancianos y me siento bien entre ellos, los respeto y doy valor a sus palabras. 

Aunque quizás haya algunos que han llegado a la vejez sin aprovechar bien su vida, en su mayoría los viejos son personas inteligentes y sabias que nos puede enseñar mucho con sus experiencias. Como aquellos que han sido creyentes desde su juventud, quienes han sido fieles a Dios en las altas y las bajas, quienes han dado testimonio con sus vidas de una verdadera vocación hacia Dios, son personas dignas de escuchar.  A los viejos le gusta aconsejar los jóvenes, dar palabras de instrucción a los que vienen levantándose en la vida.
Enseñémosles a nuestros hijos, nietos y niños en todo lugar que “Las Historias De Los Abuelos Benefician A Los Niños”
 
(*) Cuento número cuatro y ultimo que se deriva del estudio titulado: “Las Historias De Los Abuelos Benefician A Los Niños”; si no lo ha leído lo invitamos a hacerlo.