En estos días recibí de un hermano en
Cristo, un bello escrito para reflexión de fin de año, no se si es original de
él o no; pero lo que si se, es que es bueno para reproducirlo espero les guste:
El abuelo, ya muy mayor, cansado y con
muchos dolores por todo el cuerpo, era poeta. Autodidacta y por eso, todo lo
que escribía decía siempre que era "a su manera". Pero escribía todos
los días y desde hacía muchos, muchos años. En la casa, en el baúl grande de
madera que él mismo había hecho, guardaba todas sus poesías y una bonita
colección de cuentos cortos que nadie conocía pero sí, de vez en cuando, leía a
la nieta ya con doce años.
Y aquel día de invierno, el último del
año, sentado frente a la chimenea, miraba por la ventana para la Alhambra.
Desde la pequeña casa en el Albaicín, en mitad de la ladera no lejos del río
Darro. Tenía en sus manos una pequeña cajita de madera de raíz seca de olivo
que había tallado él mismo para regalárselo a la nieta en este fin de año
viejo. Con su pequeña navaja de acero, daba los últimos retoques cuando a su
lado, se sentó la nieta. Sobre su hombre izquierdo, reclinó la cabeza y acercó
mucho a la cara del anciano, sus labios y mejillas de seda. También su mata de
pelo negro, llenó de esencia y suavidad, las arrugas de la cara y cuello del
abuelo.
En silencio permaneció ella así durante un
buen rato, sintiendo el calor del cuerpo del anciano mientras parecía soñar, al
tiempo que miraba también por la ventana para la Alhambra y esperaba. El
corazón del anciano, se llenó en ese momento de amor hacia la nieta y sentía
que, a pesar de todo, la vida, las luchas y sufrimientos de cada día, merecía
la pena si al final alguien acariciaba como en este momento lo hacía la nieta.
Tal como estaca, casi durmiendo sobre el hombro del anciano, la niña le
preguntó:
- Abuelo, cuando una persona muere y se
marcha para siempre de este mundo ¿quién se lo lleva y por cuánto tiempo?
Sorprendido por la pregunta, el abuelo no
dijo nada. Permaneció en silencio mirando por la ventana y meditando la
pregunta. La nieta dijo de nuevo:
- Es que abuelo, en estos últimos días del
año, ya han muerto cuatro conocidos nuestros. El que todos conocíamos como el
filósofo, el hombre bajo y regordete que apenas podía andar, el alto y delgado
que le dolía el corazón y el que andaba encorvado. Todos eran tan mayores como
tú y por eso temo que un día de estos también te mueras. ¿A dónde van las
personas cuando la muerte se los lleva?
Siguió en silencio el anciano, con la
cajita de madera en la mano y gozando del calor que le regalaban los labios y
mejillas de la nieta. Como durmiendo sobre el hombro del anciano, la niña de
nuevo comentó:
- Y tú sabes que muchas personas dicen que
nada importantes has hecho a lo largo de tu vida. Solo escribir poemas que muy
pocos leen, caminar por estos sitios, mirar despacio a los paisajes y seguir
escribiendo poemas. Y ellos creen, los que de ti comentan lo que te he dicho,
que no tendrás ningún premio después de esta vida porque ninguna cosa
importante has hecho en este suelo. ¿Es cierto eso, abuelo?
Y al oír esta nueva pregunta, el abuelo
siguió recogido en su silencio. Refinando la madera de la cajita que preparaba
como regalo para la nieta y mirando para la Alhambra. Pasado un buen rato y
cuando otra vez la niña le preguntó:
- ¿Es cierto, abuelo que tus poemas no
sirven para nada?
El anciano sí habló y dijo:
- En cada poema que a lo largo de mi vida
he escrito, he dejado los latidos de mi corazón, los sueños de mi alma, mis
creencias y fe en el cielo, mi dolor oculto y mi amor y respeto por las
personas y todos los seres vivos y paisajes de este suelo. Y en cada momento,
hija mía, en cada momento, he sentido que estaba bendecido por Dios. Por eso no
tengo miedo y sí me encuentro muy satisfecho por la gran sinceridad y hermosa
realidad que en mis poemas dejo recogido. Una visión del mundo, del Universo,
de Dios, de la eternidad y de los seres humanos que poblamos este suelo, única,
excelsa y bellísima que difiere mucho de lo que a diario viven las personas.
Guardó silencio la nieta, meditó un
momento las palabras del anciano y tal como estaba con su cabeza recostada en
el hombro del abuelo, otra vez preguntó:
- ¿Y tú crees, abuelo, que es suficiente
para que Dios te premie después de esta vida, con haber escrito tus poemas y
haber dejado recogido en ellos todo eso que me has dicho?
Dio el anciano el último retoque a la
cajita de madera que tenía entre sus manos, puso dentro de ella un poema que
había escrito hacía unos días, cerró el pequeño joyero y se lo dio a la nieta
diciendo:
- Es mi regalo para ti de fin de año.
Cogió la nieta la cajita, la sujetó
ilusionada en sus manos, la fue abriendo despacio, sacó el papel donde estaba
escrito el poema y leyó:
Irse de este mundo
con el calor de tu beso en mi cara,
no es morir, ángel mío,
es dormirse en el alba,
en el regazo de Dios
donde has sido y eres hada
y dulce alimento purísimo
de mi alma.
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